lunes, 19 de febrero de 2018

La VERDAD del Matrimonio Católico

Conversaba con un amigo (de los de toda la vida), acerca de las diferentes visiones del matrimonio, y él me decía que no entendía la Indisolubilidad Matrimonial. Fue una conversación tranquila, sincera, serena, profunda (como lo es el matrimonio, y como lo es la amistad que tenemos). Desgraciadamente, no pudimos terminar la conversación como hubiera sido deseable, y quedaron muchas cosas en el tintero.
El otro día me dijeron una frase que me dio mucha luz: “Lo que tengo lo perdí, solo tengo lo que dí”. Y en el Matrimonio, al menos en el Católico, lo que dí fue mi Palabra (o mejor dicho, dí mi vida entera, entregada en mi Palabra), palabra de amarte, respetarte y serte fiel TODA LA VIDA. Y esto, sabiendo que podemos tropezar, o incluso, que cualquiera de los dos puede herir, puede hundir, puede abandonar.
Claro, esto es muy duro, muy difícil de asumir. Especialmente, si vemos que hay personas que son abandonadas por sus cónyuges, especialmente si todavía son jóvenes, y entonces la pregunta es clara ”¿es que no tengo derecho a rehacer mi vida?”. Pues aquí es donde hay varias consideraciones a hacer:
1º/ En la vida de pareja, no es que no existan, pero planteársela desde los “derechos”, nos lleva a una perpetua lucha (de sexos, de clases, de derechos….). Creo (y también caigo yo en estos pecados, no hablo sin vivirlo en propia carne), que es un error.
2º/ El Matrimonio Católico, no en un matrimonio de dos sino de 3, en el que Dios mismo es garante y posibilitador de ese matrimonio. No solo lo bendice, sino que da su Gracia y su Fuerza para poder llevarlo a cabo, cumplir las promesas que nos hicimos el día de la boda, y que se desarrollan a lo largo de toda nuestra vida.
3º/ Y eso lo hace, habiendo dado ejemplo. Nos decían en el Máster de Pastoral Familiar, que desde que hubo un Dios, que se encarnó, se hizo pobre y pequeño (verdadero hombre), y llegó incluso a sufrir por nosotros y murió en una Cruz, no solo dándolo todo, sino dándose por entero él mismo, estamos capacitados para amores heroicos.
Y al final, un separado o un divorciado, no queda exento de cumplir su palabra (luego, la libertad de cada uno….). La Iglesia, los católicos, los matrimonios, debemos (es una obligación moral) acompañar a estas personas, para que al final se les permita alcanzar la meta de ese camino que iniciaron juntos como pareja, pero que cabe la posibilidad de que en el camino nos desviemos…. 
En definitiva, la realidad es que quien no quiera traslucir en su matrimonio el amor de Jesucristo por la humanidad en la Cruz (amor esponsal, amor de entrega, llamado a ser mutuo, pero de responsabilidad personal), mejor que no se case por la Iglesia.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Hablando se quiere la gente

A lo largo de la vida de una pareja hay cientos de miles de momentos en los que nos sentimos heridos, molestos, enfadados, incluso muy, pero que muy cabreados. Sin quererlo, nos herimos muchas veces. Me hace mucha gracia cuando uno se acaba de enamorar y dice 'lo último que quiero es hacerle daño'. Por supuesto, es lo último que hay que querer, pero también debemos tener la certeza de que, probablemente, a la persona a la que más hiramos será a la que más queremos; incluso sin querer...
Pero hoy no quería hablar de eso. Quería hablar de qué hacer en uno de los momentos en que el otro hace algo que nos molesta.
Siempre he dicho y creo firmemente que es necesario decirse las cosas ya que la verdad nos hace libres. Aunque sea incómodo, aunque estemos bien últimamente y se acabe teniendo un momento peor. Hay que hablar de lo que no nos gusta, al igual que debemos decirnos lo que sí que nos gusta. Es cierto que nos preguntamos: 'hablar... ¿para qué?'.
Hay muchas razones, pero hoy sólo quiero decir una, la que debe ser siempre más importante:
         Hay que hablar para conocernos más y mejor. 
Para poder querernos más y mejor.
No se debe buscar convencer al otro, ni hacerle cambiar de opinión, no queremos echar en cara que el primer año que nos conocimos me mandaste una postal de cumpleaños muy fea, ni ninguna otra cosa: no. Lo que queremos es comunicarnos (en el sentido más estricto de la palabra: darnos a nosotros mismos, darnos al otro y recibir al otro con lo que es). Conocer al otro, y si Dios nos los concede, comprender o incluso aceptar y compartir lo que el otro vive en esta situación que nos hace daño a los dos.
Quizás no lograremos cambiar a nuestro marido, mujer, novio, novia... Pero es posible que le comprendamos mejor, que nos demos cuenta de qué vive él, y de cómo lo vive. Y desde ahí, sabremos mejor acompañarnos el uno al otro.

lunes, 24 de abril de 2017

Como los mosqueteros

Educar a los hijos ha resultado ser la empresa que más nos está costando a Juan y a mi. Más alegrías, más esfuerzo, más horas de lectura, más discusiones, más reencuentros, más intentos, más diferencias...
Nosotros dos somos muy distintos, hemos recibido educaciones muy distintas, y eso se refleja en cada minuto de cada día que pasamos en familia. Al fin y al cabo, ahora mismo, el papel de nuestros hijos consiste en buscar el límite, en dejar claro '¿quién manda aquí?'. Cada escuela tiene sus métodos, sus ideas: no grites, grita, no castigues, castiga, no aplaudas, aplaude... Así, un sinfín de decisiones. Antes de tener hijos no me imaginaba la cantidad de veces al día que hay que tomar decisiones sobre qué o cómo educar.
En mi corta experiencia, creo que he logrado sacar dos conclusiones:
1. Es importante leer, formarse. Leer cosas de todos los colores, autores e ideologías. Y hablar mucho de ello con nuestro cónyuge. Sé que el tiempo es limitado, que tenemos mucho trabajo y que los niños no dejan tiempo para nada, pero "educar es la tarea más importante que desempeñamos en nuestras vidas. Sólo equiparable a la de ser esposo/a". Por tanto, merece y requiere dedicación.
2. Ir a una, como los mosqueteros. Como dice el juez Emlio Calatayud: 'mejor equivocarse juntos que discutir delante de los hijos'. Esto, que escrito aquí es muy sencillo, a la hora de la verdad resulta terriblemente complicado. Pero aplica lo que ya hemos escrito algunas veces en el blog: no estamos en una guerra contra nuestro esposo. Para esto es fundamental y muy importante pasar tiempo juntos, buscar lo que nos gusta, disfrutar el uno del otro... Ir a una. Para querernos más y mejor cada día y sin olvidar que a quien he entregado la vida es a Juan y no a mis hijos.

lunes, 13 de marzo de 2017

Revolución

Chiara es de papá. A mi me quiere mucho, claro, pero a nadie mira como a su padre. Pablo también prefiere a su padre en muchos momentos: para los juegos, las risas... Trataré de explicar (seguro que torpemente) la gran alegría que me supone esto:

Cuando estaba embarazada de Pablo, Juan y yo nos mirábamos, llenos de alegría, ilusionados por el regalo tan precioso de haber tenido el privilegio de ser co-creadores. Era 'nuestro hijo', uno muy esperado y deseado. Tras 41 semanas y media de embarazo, nació nuestro pequeño. La 'revolución' había empezado. De repente, yo sólo quería y necesitaba estar con Pablo; Pablo para arriba y Pablo para abajo. El pobre Juan, casi espectador, a mi lado en todo momento.
Durante el embarazo, el corazón (el físico, el que bombea sangre) se mueve de lugar para hacer sitio al hijo. Y cuando éste nace, parece que el corazón ya no encuentra el camino de vuelta, no sabe volver al sitio de antes. La verdad es que no me di cuenta: corría día tras día para llegar a todo lo que creía que suponía mi nuevo 'ser madre', como si todo dependiera de mi (¡cuánta pobreza!, estaba muy equivocada). Caí en la cuenta casi un año después. Ese verano, con mucho trabajo, nos recolocamos. Movimos de nuevo el corazón para ponerlo donde toca: el mío al lado de Juan, el de Juan a mi lado. Y esa 'sola carne', ese 'solo corazón' al servicio de nuestro hijo, amándolo en todo, pero siendo uno.
Le dijimos un sí tímido al Señor, que nos bendijo, rápido y con sobreabundancia, con nuestra hija Chiara. Mi mayor miedo durante el embarazo: perder de nuevo de vista a Juan. Pasar de nuevo por esa 'cirugía a corazón abierto' para poner cada cosa en su lugar.
Siendo mucho más consciente de a qué me empujaría el baile hormonal que se cocía en mi interior, y con gran ayuda del Señor y de Juan, esta vez no fue así.
Aún hoy, andamos en el día a día colocando y recolocando el corazón. Los niños, que de bebés querían sólo a su madre, ahora disfrutan con su padre jugando, abrazándole , diciéndole cuanto le quieren y también sacándole de sus casillas, jejeje.
Yo sólo puedo mirar a Juan y enamorarme más de él, más de verdad, con cada 'te quiero' que le dice Pablo o cada sonrisa que le dirige Chiara.
Yó sólo puedo mirarles embobada y abrazar y disfrutar de este regalo de familia a la que Dios me ha concedido pertenecer.
Todo es don.

lunes, 20 de febrero de 2017

Dudas

Pues si, en este momento de la vida, me asaltan un montón de dudas. Son dudas acerca de todo lo que soy, lo que hago y lo que quiero. NO NOS VAYAMOS A PENSAR NADA RARO, no hay nada extraño en esta afirmación. No me estoy planteando mi fe, ni mi matrimonio ni mucho menos otro tipo de cosas.
Cuando los planes no salen como uno quiere o no se alcanza lo que uno busca, se plantean dudas, muchas en mi caso: ¿Serán correctas las metas que me he planteado? ¿Lo equivocado serán los medios para alcanzarlos? ¿No será, acaso, que me he equivocado acerca de mis propias capacidades?
Y en este momento de mi vida (la podemos llamar crisis de los 40 si queréis), pues me planteo muchas veces si el balance de mi vida, hasta ahora, está siendo positivo o negativo.
La verdad, es que si nos referimos a logros humanos (trabajo, bienes, fama...), mi vida no es gran cosa, y a veces, me dejo llevar por esta visión, por esta imagen que tenemos hoy del "éxito" como un mero acumular (experiencias, viajes ...), y claro, mi ego se siente algo dolido.
Gracias a Dios (literalmente también), tengo una fe que me sostiene, una esposa maravillosa, unos hijos preciosos, buenos amigos (laicos, curas y religiosos), que me dan una esperanza mayor, y que me recuerdan que a pesar de mi pequeñez (y soy consciente de que es mucha, y probablemente, cada día mayor), hay una META grande (la VIDA) y que de este mundo, no nos vamos a poder llevar nada material. Por lo tanto, cabe la posibilidad de que no sea tan importante como nos quieren hacer creer ¿no?.

miércoles, 25 de enero de 2017

La dura realidad

Dos años, y parecen un soplo. Este es el tiempo que empezamos a vivir, el tiempo de la "dura realidad".
La verdad es que no hay mucho que contar, salvo la simple cotidianidad: los niños y sus ritmos, los trabajos, las lavadoras, los colegios, los cursos, los grupos, las amistades.... Vamos, nada extraño para todos. Pero la realidad "dura" es que casi no hay tiempo para nosotros, para nuestras conversaciones, nuestros paseos, nuestros gustos... y sin embargo es obligatorio encontrarlo.
Estamos muy agradecidos de este tiempo, de sus durezas que nos modelan, de las caricias y "caricias" de Dios que nos abren en nuestra "dura realidad" a la REALIDAD Suya.
Es un alivio saber que Dios destruye seguridades nuestras, para que nos apoyemos en Sus Seguridades, esas que se resumen en la frase "Stat Crux, dum volvitur orbis" (La cruz permanece erguida, mientras el mundo gira)
En todo estamos cuidados, en lo que nos gusta y en lo que no. En lo que nos alegra y en lo que nos entristece. En todo aquello que quisiéramos y no puede ser, y en lo que no queremos y es.
La "dura" realidad, es, al fin y al cabo, la dulce realidad cotidiana.

¡¡VOLVEMOS!!

Hace mucho (¡¡dos años!!) que no escribimos.
Dos años...
       risas, 
                          Pablo que crece (celebrando los tres años y medio), 
  discusiones, 
planes, 
                                vacaciones, 
Chiara ha llegado (ya tiene un año y medio), 
                  más planes, 
                                   más risas, 
      llantos, 
                             pocas vacaciones más, 
 deshacer los planes, 
                     tiempo (poco) para mirarnos el uno al otro,
        crecer en nuestro corazón de padre, de madre,
                                  aprender, siempre, a entregarnos en lo que se nos pone delante.

Volvemos con la intención de escribir sobre esta cotidianidad más a menudo... ¡A ver si lo conseguimos!

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Lo que soy y no lo que hago

Hace poco, estaba pensando en por qué a veces es tan difícil vivir en pareja y lograr que esta funcione. Pensaba en varios casos que hemos conocido de parejas que se han roto o que van mal. Y en qué será lo que hace que unas parejas funcionen y otras, no peores, fracasen.
La verdad es que no sé ni como llegó a mi cabeza esa idea, pero de inmediato sentí una inmensa paz en el el corazón relacionada con esta idea.
Creo que una parte de este problema está en que hemos separado totalmente lo que somos de lo que hacemos ("bendito" puritanismo). Hemos pasado de buscar la Virtud a buscar hacer cosas virtuosas (o que al menos lo parezcan), sin que eso suponga ninguna implicación en nosotros mismos (ejemplo típico, educamos a nuestros hijos para que hagan cosas buenas y no necesariamente para ser buenos).
Aplicado a mi mismo, cuántas veces habré tratado mi matrimonio como "cosas a hacer" y no como lo que yo soy: un hombre casado.
No es que no lo supiera, pero probablemente nunca lo había hecho mío. Pero es cierto que creo que hay una cierta serie de cosas que nos definen, que nos configuran: entre otras, ser humano, ser hombre (por mucho que haya gente que no le guste o que no lo comparta, el sexo nos define a muchos niveles), y también, el ser un hombre casado, el ser padre, el ser hijo...
Evidentemente, lo que yo soy me supone hacer unas ciertas cosas. Pero el proceso contrario, no siempre es equiparable (hacer cosas, no siempre me definen).
El caso es que me ha dado mucho que pensar. Y para empezar, me he dado cuenta de que tengo mucho que cambiar y muchas cosas que incorporar a mi vida, desde lo que soy, no sólo desde lo que hago.

jueves, 18 de septiembre de 2014

La vida es aquello que pasa....

Hemos comenzado curso, volvemos a retomar el pulso de la realidad, y por mucho que lo intentemos, nos supera siempre (sin que esto sea malo, ni mucho menos).
A lo largo de este verano, hemos aprendido y vivido muchas cosas. Y todas ellas nos han hecho crecer, tanto en aquello que ha sido dulce y bonito, como en las cosas más duras y tristes.
Hemos vivido un final de curso difícil, agobiados por el peso de las carreras, de las rutinas y de las necesidades del pequeño Pablo, y no hemos sabido manejar bien todos los tiempos que, como matrimonio tenemos y necesitamos. Pero hemos vivido también el encuentro como familia, con nuestro deseo de vivir como una sola carne, de aceptar generosa y responsablemente a los hijos, y con nuestro amor.
Hemos vivido con un desgarro interior la pérdida que han sufrido unos amigos. Nada sencillo que todo tu ser se estremezca por un ser que ya no conocerás. Cuando quieres acompañar desde la distancia a gente que aprecias mucho, y no puedes hacer nada, ni por esa criatura, ni por esos amigos.
Pero también hemos vivido la gran alegría del encuentro con otras familias, que quieren vivir lo mismo que nosotros. El compartir alegre de gente especial, que hace aún mayor el deseo de VIDA.
Nos alegramos con una pareja de amigos casados, que tras un tiempo separados (el mundo del trabajo hoy es “maravilloso”), han logrado, con esfuerzo y valentía, caminar juntos su vida. Aún cuando su camino compartido tenga que transitar por donde ellos no quieren (en esto, también sentimos como si fuéramos uno).
Hemos compartido el gozo inmenso de una nueva familia que dos valientes, “recogiendo el guante” de Aquel que tano nos conoce y nos ama, les había lanzado. Y de qué modo tan luminoso han comenzado su camino como matrimonio.
Y tantas personas y vivencias, que aunque no las contemos, han supuesto un paso grande en nuestra vida.
El balance, con todo, es inmensamente positivo. Hemos crecido en acogida, en amor entre nosotros y con los demás, en confianza en el Señor, en deseos de crecer y de acompañar a tantos hermanos que andan con nosotros…
Gracias Señor por estas vacaciones y por esta vuelta al curso.

Por cierto, Pablete ya anda, jejejeje… ya hablaremos de nuestros dolores de espalda.

martes, 29 de abril de 2014

Aprendió, sufriendo, a obedecer

Cuando hablamos de nuestro matrimonio con otras personas y les contamos las cosas que hacemos, como tomamos decisiones, nuestras aventuras y desventuras, tengo la sensación de que nunca sé describir como transcurre nuestro día a día y que todo parece de color de rosa. Son tantas las dudas, los miedos, los pasos inciertos, los desacuerdos, las diferencias de parecer, incluso las discusiones... Muchas veces tengo la sensación de bracear para no ahogarnos.
Tenemos claro que queremos andar hacia la comunión, hacia la unión en la diferencia. No queremos anularnos, construir algo ajeno a nosotros, a nuestra identidad, ni hacer una fachada bonita a la que la gente mire y quede maravillada. Somos distintos, pero una sola carne. Y eso, ni más ni menos, es lo que queremos ser cada día más auténticamente. Queremos aprender a correr hacia el bien de nuestra unión, desearlo y realizarlo siendo éste el fin último de nuestras vidas y el fin concreto de cada paso que demos en ellas. Esa sola carne, que hoy ya somos y en la que queremos sentirnos cómodos, movernos cómodos, se realiza en cientos de acciones y decisiones cotidianas. Y es en estas en las que braceamos: buscamos a tientas, palpamos a ciegas el futuro en nuestra imaginación, buscando que es más conveniente:
ir a casa de nuestros padres a comer el fin de semana o dejar tiempo para estar solos
hacer la colada entre semana o no
jugar con Pablo por la tarde o recoger el armario, que tanta falta le hace
llevar la plancha al día o no
buscar un trabajo nuevo o quedarnos un tiempo más en éste
quedar a cenar con unos amigos a los que hace tiempo que no vemos pero que sólo pueden quedar tarde
ir a comprar hoy, o esperar hasta mañana
...
Son tantas las decisiones que tenemos que tomar cada día, constantemente, que yo, personalmente, a veces me siento abrumada por la escasa duración de las horas del día, por como vuela el tiempo que paso fuera del trabajo. Y te acuestas por la noche pensando como y cuanto nos hemos acercado un poquito más a la comunión y cuánto, por el contrario, en el día de hoy me he elegido a mi misma y a mis planes. 
El camino de Jesús del 'aprendió, sufriendo, a obedecer' que se dice en la Carta a los Hebreos, claramente culmina en la Cruz. Sin embargo comenzó en lo cotidiano, en el día a día del hogar de Nazaret. Tengo la certeza de que hoy se me pide aprender la obediencia posponiéndome a mi misma una y otra vez por el bien del matrimonio, de la sola carne. Con la certeza, la paz y la alegría de quién se sabe en su camino. Menos mal que no estoy sola en esta tarea que me supera en todos los sentidos.
El Señor, que comenzó en nosotros la obra buena, Él mismo la lleve a término.