lunes, 13 de marzo de 2017

Revolución

Chiara es de papá. A mi me quiere mucho, claro, pero a nadie mira como a su padre. Pablo también prefiere a su padre en muchos momentos: para los juegos, las risas... Trataré de explicar (seguro que torpemente) la gran alegría que me supone esto:

Cuando estaba embarazada de Pablo, Juan y yo nos mirábamos, llenos de alegría, ilusionados por el regalo tan precioso de haber tenido el privilegio de ser co-creadores. Era 'nuestro hijo', uno muy esperado y deseado. Tras 41 semanas y media de embarazo, nació nuestro pequeño. La 'revolución' había empezado. De repente, yo sólo quería y necesitaba estar con Pablo; Pablo para arriba y Pablo para abajo. El pobre Juan, casi espectador, a mi lado en todo momento.
Durante el embarazo, el corazón (el físico, el que bombea sangre) se mueve de lugar para hacer sitio al hijo. Y cuando éste nace, parece que el corazón ya no encuentra el camino de vuelta, no sabe volver al sitio de antes. La verdad es que no me di cuenta: corría día tras día para llegar a todo lo que creía que suponía mi nuevo 'ser madre', como si todo dependiera de mi (¡cuánta pobreza!, estaba muy equivocada). Caí en la cuenta casi un año después. Ese verano, con mucho trabajo, nos recolocamos. Movimos de nuevo el corazón para ponerlo donde toca: el mío al lado de Juan, el de Juan a mi lado. Y esa 'sola carne', ese 'solo corazón' al servicio de nuestro hijo, amándolo en todo, pero siendo uno.
Le dijimos un sí tímido al Señor, que nos bendijo, rápido y con sobreabundancia, con nuestra hija Chiara. Mi mayor miedo durante el embarazo: perder de nuevo de vista a Juan. Pasar de nuevo por esa 'cirugía a corazón abierto' para poner cada cosa en su lugar.
Siendo mucho más consciente de a qué me empujaría el baile hormonal que se cocía en mi interior, y con gran ayuda del Señor y de Juan, esta vez no fue así.
Aún hoy, andamos en el día a día colocando y recolocando el corazón. Los niños, que de bebés querían sólo a su madre, ahora disfrutan con su padre jugando, abrazándole , diciéndole cuanto le quieren y también sacándole de sus casillas, jejeje.
Yo sólo puedo mirar a Juan y enamorarme más de él, más de verdad, con cada 'te quiero' que le dice Pablo o cada sonrisa que le dirige Chiara.
Yó sólo puedo mirarles embobada y abrazar y disfrutar de este regalo de familia a la que Dios me ha concedido pertenecer.
Todo es don.

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