Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.
Nuestras oraciones van con ellos.
Sin embargo, quería comentaros un hecho curioso. Algunas de las personas que fueron a la boda, decían: "yo es que me quiero casar así, pero claro, con mi novi@, él/ella no quiere, es muy difícil, queremos cosas diferentes, discutimos mucho...". Pues vaya este grito para todos:
¡NO VALE CONFORMARSE CON MENOS!!
Pero no para vivir una boda como la de menganita o la de menganito, no. Para encontrar y VIVIR tu vocación, allí donde tu corazón salta de alegría. No se debe perder la esperanza. A veces es muy difícil, a veces resulta cansado, crees que no puedes sufrir más, que ya has pasado de todo...
Cuando hacía no mucho tiempo que salía con Juan, estuvimos en la boda de una amiga. Yo salí diciendo: "yo también me quiero casar así: convencida, alegre, decidida, feliz". Y anhelaba esa felicidad, la verdadera, la que no descansa en fuegos artificiales, la que está construida sobre pilares sólidos. La casa sobre roca. Salí con el nombre de la chica en la mente, todo el tiempo: "que cuando entre en la Iglesia, vaya tan convencida como ella". La verdad es que no lo conseguí. Encontré mi propia felicidad, mi verdad, mi sonrisa, mis pilares. No los suyos. Pero entre en el templo convencida, alegre y feliz. Y de este mismo modo, pronuncié mis votos. Me lo dijo un sacerdote amigo mío: deja de buscar una felicidad que no te pertenece, que es de otra. Tu tendrás la boda de Ester, al modo de Ester. Y así, a nuestro modo, al de Juan y Ester, fue como nos casamos. Y, ¡gracias a Dios! Porque sino no me habría casado yo, sino mi amiga, con lo que la habría divorciado a ella y yo de solterona.... Desde luego, gracias a Dios. No os contentéis con las migajas: estamos invitados al banquete.