miércoles, 24 de mayo de 2017

Hablando se quiere la gente

A lo largo de la vida de una pareja hay cientos de miles de momentos en los que nos sentimos heridos, molestos, enfadados, incluso muy, pero que muy cabreados. Sin quererlo, nos herimos muchas veces. Me hace mucha gracia cuando uno se acaba de enamorar y dice 'lo último que quiero es hacerle daño'. Por supuesto, es lo último que hay que querer, pero también debemos tener la certeza de que, probablemente, a la persona a la que más hiramos será a la que más queremos; incluso sin querer...
Pero hoy no quería hablar de eso. Quería hablar de qué hacer en uno de los momentos en que el otro hace algo que nos molesta.
Siempre he dicho y creo firmemente que es necesario decirse las cosas ya que la verdad nos hace libres. Aunque sea incómodo, aunque estemos bien últimamente y se acabe teniendo un momento peor. Hay que hablar de lo que no nos gusta, al igual que debemos decirnos lo que sí que nos gusta. Es cierto que nos preguntamos: 'hablar... ¿para qué?'.
Hay muchas razones, pero hoy sólo quiero decir una, la que debe ser siempre más importante:
         Hay que hablar para conocernos más y mejor. 
Para poder querernos más y mejor.
No se debe buscar convencer al otro, ni hacerle cambiar de opinión, no queremos echar en cara que el primer año que nos conocimos me mandaste una postal de cumpleaños muy fea, ni ninguna otra cosa: no. Lo que queremos es comunicarnos (en el sentido más estricto de la palabra: darnos a nosotros mismos, darnos al otro y recibir al otro con lo que es). Conocer al otro, y si Dios nos los concede, comprender o incluso aceptar y compartir lo que el otro vive en esta situación que nos hace daño a los dos.
Quizás no lograremos cambiar a nuestro marido, mujer, novio, novia... Pero es posible que le comprendamos mejor, que nos demos cuenta de qué vive él, y de cómo lo vive. Y desde ahí, sabremos mejor acompañarnos el uno al otro.

lunes, 24 de abril de 2017

Como los mosqueteros

Educar a los hijos ha resultado ser la empresa que más nos está costando a Juan y a mi. Más alegrías, más esfuerzo, más horas de lectura, más discusiones, más reencuentros, más intentos, más diferencias...
Nosotros dos somos muy distintos, hemos recibido educaciones muy distintas, y eso se refleja en cada minuto de cada día que pasamos en familia. Al fin y al cabo, ahora mismo, el papel de nuestros hijos consiste en buscar el límite, en dejar claro '¿quién manda aquí?'. Cada escuela tiene sus métodos, sus ideas: no grites, grita, no castigues, castiga, no aplaudas, aplaude... Así, un sinfín de decisiones. Antes de tener hijos no me imaginaba la cantidad de veces al día que hay que tomar decisiones sobre qué o cómo educar.
En mi corta experiencia, creo que he logrado sacar dos conclusiones:
1. Es importante leer, formarse. Leer cosas de todos los colores, autores e ideologías. Y hablar mucho de ello con nuestro cónyuge. Sé que el tiempo es limitado, que tenemos mucho trabajo y que los niños no dejan tiempo para nada, pero "educar es la tarea más importante que desempeñamos en nuestras vidas. Sólo equiparable a la de ser esposo/a". Por tanto, merece y requiere dedicación.
2. Ir a una, como los mosqueteros. Como dice el juez Emlio Calatayud: 'mejor equivocarse juntos que discutir delante de los hijos'. Esto, que escrito aquí es muy sencillo, a la hora de la verdad resulta terriblemente complicado. Pero aplica lo que ya hemos escrito algunas veces en el blog: no estamos en una guerra contra nuestro esposo. Para esto es fundamental y muy importante pasar tiempo juntos, buscar lo que nos gusta, disfrutar el uno del otro... Ir a una. Para querernos más y mejor cada día y sin olvidar que a quien he entregado la vida es a Juan y no a mis hijos.

lunes, 13 de marzo de 2017

Revolución

Chiara es de papá. A mi me quiere mucho, claro, pero a nadie mira como a su padre. Pablo también prefiere a su padre en muchos momentos: para los juegos, las risas... Trataré de explicar (seguro que torpemente) la gran alegría que me supone esto:

Cuando estaba embarazada de Pablo, Juan y yo nos mirábamos, llenos de alegría, ilusionados por el regalo tan precioso de haber tenido el privilegio de ser co-creadores. Era 'nuestro hijo', uno muy esperado y deseado. Tras 41 semanas y media de embarazo, nació nuestro pequeño. La 'revolución' había empezado. De repente, yo sólo quería y necesitaba estar con Pablo; Pablo para arriba y Pablo para abajo. El pobre Juan, casi espectador, a mi lado en todo momento.
Durante el embarazo, el corazón (el físico, el que bombea sangre) se mueve de lugar para hacer sitio al hijo. Y cuando éste nace, parece que el corazón ya no encuentra el camino de vuelta, no sabe volver al sitio de antes. La verdad es que no me di cuenta: corría día tras día para llegar a todo lo que creía que suponía mi nuevo 'ser madre', como si todo dependiera de mi (¡cuánta pobreza!, estaba muy equivocada). Caí en la cuenta casi un año después. Ese verano, con mucho trabajo, nos recolocamos. Movimos de nuevo el corazón para ponerlo donde toca: el mío al lado de Juan, el de Juan a mi lado. Y esa 'sola carne', ese 'solo corazón' al servicio de nuestro hijo, amándolo en todo, pero siendo uno.
Le dijimos un sí tímido al Señor, que nos bendijo, rápido y con sobreabundancia, con nuestra hija Chiara. Mi mayor miedo durante el embarazo: perder de nuevo de vista a Juan. Pasar de nuevo por esa 'cirugía a corazón abierto' para poner cada cosa en su lugar.
Siendo mucho más consciente de a qué me empujaría el baile hormonal que se cocía en mi interior, y con gran ayuda del Señor y de Juan, esta vez no fue así.
Aún hoy, andamos en el día a día colocando y recolocando el corazón. Los niños, que de bebés querían sólo a su madre, ahora disfrutan con su padre jugando, abrazándole , diciéndole cuanto le quieren y también sacándole de sus casillas, jejeje.
Yo sólo puedo mirar a Juan y enamorarme más de él, más de verdad, con cada 'te quiero' que le dice Pablo o cada sonrisa que le dirige Chiara.
Yó sólo puedo mirarles embobada y abrazar y disfrutar de este regalo de familia a la que Dios me ha concedido pertenecer.
Todo es don.

lunes, 20 de febrero de 2017

Dudas

Pues si, en este momento de la vida, me asaltan un montón de dudas. Son dudas acerca de todo lo que soy, lo que hago y lo que quiero. NO NOS VAYAMOS A PENSAR NADA RARO, no hay nada extraño en esta afirmación. No me estoy planteando mi fe, ni mi matrimonio ni mucho menos otro tipo de cosas.
Cuando los planes no salen como uno quiere o no se alcanza lo que uno busca, se plantean dudas, muchas en mi caso: ¿Serán correctas las metas que me he planteado? ¿Lo equivocado serán los medios para alcanzarlos? ¿No será, acaso, que me he equivocado acerca de mis propias capacidades?
Y en este momento de mi vida (la podemos llamar crisis de los 40 si queréis), pues me planteo muchas veces si el balance de mi vida, hasta ahora, está siendo positivo o negativo.
La verdad, es que si nos referimos a logros humanos (trabajo, bienes, fama...), mi vida no es gran cosa, y a veces, me dejo llevar por esta visión, por esta imagen que tenemos hoy del "éxito" como un mero acumular (experiencias, viajes ...), y claro, mi ego se siente algo dolido.
Gracias a Dios (literalmente también), tengo una fe que me sostiene, una esposa maravillosa, unos hijos preciosos, buenos amigos (laicos, curas y religiosos), que me dan una esperanza mayor, y que me recuerdan que a pesar de mi pequeñez (y soy consciente de que es mucha, y probablemente, cada día mayor), hay una META grande (la VIDA) y que de este mundo, no nos vamos a poder llevar nada material. Por lo tanto, cabe la posibilidad de que no sea tan importante como nos quieren hacer creer ¿no?.

miércoles, 25 de enero de 2017

La dura realidad

Dos años, y parecen un soplo. Este es el tiempo que empezamos a vivir, el tiempo de la "dura realidad".
La verdad es que no hay mucho que contar, salvo la simple cotidianidad: los niños y sus ritmos, los trabajos, las lavadoras, los colegios, los cursos, los grupos, las amistades.... Vamos, nada extraño para todos. Pero la realidad "dura" es que casi no hay tiempo para nosotros, para nuestras conversaciones, nuestros paseos, nuestros gustos... y sin embargo es obligatorio encontrarlo.
Estamos muy agradecidos de este tiempo, de sus durezas que nos modelan, de las caricias y "caricias" de Dios que nos abren en nuestra "dura realidad" a la REALIDAD Suya.
Es un alivio saber que Dios destruye seguridades nuestras, para que nos apoyemos en Sus Seguridades, esas que se resumen en la frase "Stat Crux, dum volvitur orbis" (La cruz permanece erguida, mientras el mundo gira)
En todo estamos cuidados, en lo que nos gusta y en lo que no. En lo que nos alegra y en lo que nos entristece. En todo aquello que quisiéramos y no puede ser, y en lo que no queremos y es.
La "dura" realidad, es, al fin y al cabo, la dulce realidad cotidiana.

¡¡VOLVEMOS!!

Hace mucho (¡¡dos años!!) que no escribimos.
Dos años...
       risas, 
                          Pablo que crece (celebrando los tres años y medio), 
  discusiones, 
planes, 
                                vacaciones, 
Chiara ha llegado (ya tiene un año y medio), 
                  más planes, 
                                   más risas, 
      llantos, 
                             pocas vacaciones más, 
 deshacer los planes, 
                     tiempo (poco) para mirarnos el uno al otro,
        crecer en nuestro corazón de padre, de madre,
                                  aprender, siempre, a entregarnos en lo que se nos pone delante.

Volvemos con la intención de escribir sobre esta cotidianidad más a menudo... ¡A ver si lo conseguimos!