Educar a los hijos ha resultado ser la empresa que más nos está costando a Juan y a mi. Más alegrías, más esfuerzo, más horas de lectura, más discusiones, más reencuentros, más intentos, más diferencias...
Nosotros dos somos muy distintos, hemos recibido educaciones muy distintas, y eso se refleja en cada minuto de cada día que pasamos en familia. Al fin y al cabo, ahora mismo, el papel de nuestros hijos consiste en buscar el límite, en dejar claro '¿quién manda aquí?'. Cada escuela tiene sus métodos, sus ideas: no grites, grita, no castigues, castiga, no aplaudas, aplaude... Así, un sinfín de decisiones. Antes de tener hijos no me imaginaba la cantidad de veces al día que hay que tomar decisiones sobre qué o cómo educar.
En mi corta experiencia, creo que he logrado sacar dos conclusiones:
1. Es importante leer, formarse. Leer cosas de todos los colores, autores e ideologías. Y hablar mucho de ello con nuestro cónyuge. Sé que el tiempo es limitado, que tenemos mucho trabajo y que los niños no dejan tiempo para nada, pero "educar es la tarea más importante que desempeñamos en nuestras vidas. Sólo equiparable a la de ser esposo/a". Por tanto, merece y requiere dedicación.
2. Ir a una, como los mosqueteros. Como dice el juez Emlio Calatayud: 'mejor equivocarse juntos que discutir delante de los hijos'. Esto, que escrito aquí es muy sencillo, a la hora de la verdad resulta terriblemente complicado. Pero aplica lo que ya hemos escrito algunas veces en el blog: no estamos en una guerra contra nuestro esposo. Para esto es fundamental y muy importante pasar tiempo juntos, buscar lo que nos gusta, disfrutar el uno del otro... Ir a una. Para querernos más y mejor cada día y sin olvidar que a quien he entregado la vida es a Juan y no a mis hijos.
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