Conversaba con un amigo (de los de
toda la vida), acerca de las diferentes visiones del matrimonio, y él me decía
que no entendía la Indisolubilidad Matrimonial. Fue una conversación tranquila,
sincera, serena, profunda (como lo es el matrimonio, y como lo es la amistad
que tenemos). Desgraciadamente, no pudimos terminar la conversación como
hubiera sido deseable, y quedaron muchas cosas en el tintero.
El otro día me dijeron una frase que me dio
mucha luz: “Lo que tengo lo perdí, solo tengo lo que dí”. Y en el Matrimonio,
al menos en el Católico, lo que dí fue mi Palabra (o mejor dicho, dí mi vida entera, entregada en mi Palabra), palabra de amarte,
respetarte y serte fiel TODA LA VIDA. Y esto, sabiendo que podemos tropezar, o incluso, que cualquiera de los dos puede herir, puede hundir, puede abandonar.
Claro, esto es muy duro, muy difícil
de asumir. Especialmente, si vemos que hay personas que son abandonadas por sus
cónyuges, especialmente si todavía son jóvenes, y entonces la pregunta es clara ”¿es que no tengo
derecho a rehacer mi vida?”. Pues aquí es donde hay varias consideraciones a
hacer:
1º/ En la vida de pareja, no es que
no existan, pero planteársela desde los “derechos”, nos lleva a una perpetua
lucha (de sexos, de clases, de derechos….). Creo (y también caigo yo en estos
pecados, no hablo sin vivirlo en propia carne), que es un error.
2º/ El Matrimonio Católico, no en un matrimonio de dos sino de 3, en el que Dios mismo es garante y
posibilitador de ese matrimonio. No solo lo bendice, sino que da su Gracia y su
Fuerza para poder llevarlo a cabo, cumplir las promesas que nos hicimos el día
de la boda, y que se desarrollan a lo largo de toda nuestra vida.
3º/ Y eso lo hace, habiendo dado
ejemplo. Nos decían en el Máster de Pastoral Familiar, que desde que hubo un
Dios, que se encarnó, se hizo pobre y pequeño (verdadero hombre), y llegó
incluso a sufrir por nosotros y murió en una Cruz, no solo dándolo todo, sino dándose
por entero él mismo, estamos capacitados para amores heroicos.
Y
al final, un separado o un divorciado, no queda exento de cumplir su palabra
(luego, la libertad de cada uno….). La Iglesia, los católicos, los matrimonios,
debemos (es una obligación moral) acompañar a estas personas, para que al final
se les permita alcanzar la meta de ese camino que iniciaron juntos como pareja,
pero que cabe la posibilidad de que en el camino nos desviemos…. En definitiva, la realidad es que quien no quiera traslucir en su matrimonio el amor de Jesucristo por la humanidad en la Cruz (amor esponsal, amor de entrega, llamado a ser mutuo, pero de responsabilidad personal), mejor que no se case por la Iglesia.