todo, nada, siempre, nunca
Palabras que distorsionan la realidad, la hacen hostil, restan la humanidad a quienes somos, a lo que vivimos. Porque el hombre muy rara vez es absoluto. Muchas veces pretende serlo, pero detrás de cada uno, de cada una de nuestras opiniones, está nuestra historia, lo que hemos vivido. Y cuando uno juzga tan duramente
...todo es una mierda...
...siempre me equivoco...
...no me apetece hacer nada...
se convierte el mundo en un lugar en el que todo pesa. Ayer, aburrida, sin ser capaz de soportarme un segundo más, me paré: ¿acaso yo fui creada para esto? ¿qué me mueve? ¿qué me mueve a estar con Juan, a querer vivir con él, a decirle que sí, cada día?Me he puesto en el centro, una vez más. Una vez más me he hecho la protagonista de mi vida, a la que llamo mía aunque se me ha regalado. Y cuando uno se pone en el centro, mirándose el ombligo, el otro desaparece. El otro, su rostro, se difumina. Y quién me ha entregado su ser, de repente, se ve desplazado, como un harapo más, al montón de deshechos. No, esto no es lo que me mueve. No, esto no es lo que quiero vivir. Pero... ¿acaso no he entregado también mi apatía? Para bien o para mal, Juan me ha recibido entera, también con esto.
Menos mal que tenemos los sacramentos. Los que me ayudan a salir de mí, los que me ayudan a entregarme. A hacer carne esta entrega, día a día, en lo pequeño. Así, como soy, más que nunca, me siento amada por Juan. Así, hoy, más que nunca, aprendo como me quiere el Señor. En las caricias de Juan, en lo que me dice con dulzura a pesar de mi aspereza, en su silencio, en todo lo que calla, porque me sabe fuera de lo que quiero para mí. En esto, hoy, encuentro a Jesucristo en mi vida. Y solo así, solo sintiéndome amada en mi pequeñez, es como encuentro las fuerzas para salir de mí, para decir un día mas que sí, decir una vez más perdona, decir un día más que le amo.
Estamos llamados a una esperanza mayor.
¡¡Menos mal que no estamos solos!!
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