Juan y yo estamos de mudanza. Está siendo un tiempo lleno de indecisiones, cosas que se descontrolan, despistes, cuentas, plazos que parecen interminables, prisas y sobretodo nervios, muchos nervios. Cada día crece en mí la sensación de que somos muy pequeños, muy pobres en el amor. Es muy fácil dejar que el "quiero ganar yo" gane al "quiero quererte más". Por esto mismo creo que todo este follón nos está ayudando muchísimo. Nos ayuda a salir de nosotros mismos. El hecho de tener que decidir algo, entre los dos, para un día en concreto (sin alargar los debates hasta la saciedad) nos hace salir de nosotros mismos, dejar de buscarme a mí, para buscar un bien para los dos. Que existe, está ahí: hay que quererlo, amarlo y buscarlo. Amar más al bien común que a mi interés.
Con toda nuestra pequeñez, miro atrás y veo que amo más a mi marido hoy que el día que nos casamos. No se muy bien como, pero es así; sólo estoy segura de que mi gran yo, ese que lucha por ganar y destruir todo no ha conseguido solo abajarse. Como decía el Evangelio de este último domingo:
Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.
Miro atrás, y siento cumplida esta promesa en nosotros, en toda nuestra pequeñez. Y creo que esto, si nos dejamos, solo puede ir a más.
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