Hay veces en que todo es luz, todo es bueno, todo es agradable... Otras veces, en cambio, sobra oscuridad, pesadez en el ambiente, cuesta respirar y mucho más mirar hacia delante. Y sin embargo, nada de esto deja de ser bueno.
Cuesta ver las cosas de este modo (a mi, personalmente, me cuesta muchísimo), y sin embargo, algo me dice que todo esos momentos en que el aire nos falta, solo nos pueden hacer crecer (ya lo dice Kelly Clarkson en su canción "What doesn´t kill You (Stronger)").
La verdad es que aún no he aprendido a vivir esas épocas de oscuridad, y admiro profundamente a quienes, con una enorme humildad y mansedumbre, son capaces de llegar a su Getsemaní, al Pretorio, o incluso al Calvario, con paz en su corazón y en sus ojos. Si algún día pudiera parecerme a alguien, aprender algo, no querría ser un Messi ni un CR7, ni un Gates o un Jobs, ni un Amancio Ortega. No quiero ser el actor de moda, ni el musico aclamado, ni siquiera el artista mas cotizado.
Yo quiero ser uno de estos mansos y humildes, una Bernadette de Soubirous, que fue capaz de agradecer de corazón todo aquello que a mi me enciende en la rabia.
Yo quiero vivir como describe el escrito de Madeleine Dellbrel: "La pasion de las paciencias":
La pasión, nuestra pasión, la esperamos, es cierto; sabemos que ha de llegar y hemos acordado que nos proponemos vivirla con cierta grandeza.
Esperamos que llegue la hora de nuestro propio sacrificio.
Como un leño en la hoguera, sabemos que debemos ser consumidos. Como una hebra de lana cortada con tijeras, debemos ser separados. Como un ser joven al que se degüella, debemos ser suprimidos.
Esperamos la pasión; la esperamos, y no acaba de llegar.
Lo que llega son las paciencias.
Las paciencias, esos fragmentos de pasión, cuyo oficio es matarnos muy dulcemente por tu gloria, matarnos sin nuestra gloria.
Desde por la mañana, vienen a nuestro encuentro:
Son nuestros nervios demasiado tensos o demasiado lánguidos;
es el autobús que pasa lleno,
la leche que se sale,
los deshollinadores que llegan,
los niños que todo lo enredan;
son los invitados que trae nuestro marido,
y ese amigo que no viene;
es el teléfono que no para,
los que amamos que ya no se aman;
son las ganas de callar y la obligación de hablar;
son las ganas de hablar y la necesidad de callar;
es querer salir cuando estamos encerrados,
y quedarnos en casa cuando tenemos que salir;
es el marido en quien nos gustaría apoyarnos
y que es el más frágil de los niños;
es el hastío de nuestra ración cotidiana,
y el deseo nervioso de todo lo que no es nuestro.
Así llegan nuestras paciencias, en formación o en fila india, y siempre olvidan decirnos que son el martirio que nos fue preparado.
Y las dejamos pasar con desprecio, esperando dar a nuestra vida una ocasión que merezca la pena.
Y es que hemos olvidado que, si bien hay ramas a las que el fuego destruye, también hay tablas a las que desgastan lentamente las pisadas y se convierten en fino serrín.
Y es que hemos olvidado que, si bien hay hebras de lana cortadas limpiamente por las tijeras, también hay lanas tricotadas que se van desgastando día a día sobre las espaldas de quienes las llevan. Si toda redención es un martirio, no todo martirio es sangriento. Los hay desgranados a lo largo de la vida.
Es la pasión de las paciencias
Y la verdad es que esto es demasiado dificil para mí, pero ojalá algún día....
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